¿Cómo son las Posadas en la Actualidad?

Armados de sarapes y jorongos traídos de casa, y tazas de ponche caliente recibidas a la entrada (junto con un paquetito de silbatos, serpentinas, una velita y una hojita de instrucciones), los espectadores se arrebujan en las graderías del convento de Tepotzotlán enfrentando como pueden el frío invernal de las noches decembrinas y el corretear de los habitantes del pueblo que, convertidos en actores por una noche, llenan el lugar de pastorcitos que quieren ir a Belén, diablos y diablas que no los dejan y arcángeles -que por alguna ignota razón vienen vestidos de romanos y usan larga peluca de rizos rubios- enfrentados en una lucha de todos contra todos en la que finalmente triunfa el bien, aunque le cuesta unos cuantos espadazos a caballo y otros tantos rebuznidos de un asno que haciendo honor a su nombre no acaba de aprenderse su papel. Aquí todo sucede de bulto, de mentiritas y en rima: las canciones, las ingenuas picardías del texto, las tonterías del “bato” y las desesperadas arengas de una viejita que ya quiere que todos lleguen rápido a Belén, quizás para terminar de una vez y tomarse otra taza de ponche.

La obra termina frente a las figuras de José y María que luego son llevadas en andas a pedir posada. El público sigue su procesión y se divide: casi todos quedan afuera con los “peregrinos” y unos cuantos permanecen adentro. Todos encienden sus velas y cantan lo que viene en sus hojitas. Mientras tanto, rompiendo récords de velocidad, los mismos habitantes del pueblo -esta vez convertidos en meseros- contagian a las gradas su capacidad de mutación y las transforman en mesas, cubriéndolas luego con manteles. Los que cantan afuera no lo notan, pero los que están adentro se van poniendo en posición de “en sus marcas listos…” para correr a apartarse un buen lugar antes de que la voz de “entren Santos Peregrinos” se deje venir el hambriento gentío y no alcancen las mesas. Este es el final y lo más sabroso.

Tras de haber atormentado un buen rato a la concurrencia con deliciosos aromas provenientes de quien sabe dónde, aparecen por fin los causantes: pozole con especias, tamales, tacos delgaditos; dulces mexicanos: pirulis, colación y buñuelos con miel, desfilan sin cesar y sin cesar son engullidos, hasta el empalagamiento, por un público que ya pago su boleto y quiere aprovecharlo bien, y por los ángeles y demonios que ya sin alas ni colas olvidan pronto sus diferencias y se sientan juntos, dispuestos a darse un atracón.

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